Para que me reconozcas

La voz entró por el teléfono, me soplaron tu muerte de un totazo y yo me quedé con el aparato en la mano, como agarrándome de alguna parte. El aire en mi boca lo guardé lo más que pude, era el último aire con tu vida y al botarlo, el estómago se me subió hasta la garganta, como si quisiera salir corriendo. No pudo, se quedó atravesado, y yo comencé a caminar en círculos por la triste habitación de la noticia.

Sí. Yo soy la niña dando vueltas, la de la manta raída de tanto chuparla, la que cuando no te veía se daba golpes en la panza del desespero. Para que me reconozcas, me haré una de esas trenzas que tanto te gustan y la ataré con un lacito rojo, ok?

Hoy la noche está bonita, el aire se respira fácil, fresco, después de la lluvia de la tarde. Estos días decembrinos siempre fueron tus favoritos. Contigo aprendí a enamorarme del sol y a acompañar a la lluvia en su tristeza. Sigo caprichosa, mucho según dicen unos cuantos, pero eso sí, me río y me río y me río y me río. Mis amigos ya son grandes y trabajan,  de vez en cuando me doy besos apasionados que te aseguro no son una ilusión óptica, ni son en la barbilla como los que tú y yo veíamos en televisión.

Esta notica me la voy a guardar cerca a nuestro lugar secreto para que solo tú la encuentres…

Me pregunto si el viaje será muy largo, o si en cambio será cortito, como esos viajes espaciales especiales de las películas de antes. Yo me puse los tenis por si acaso, y pienso llenar la barriga para poderte llegar con el corazón contento!

P.D. También soy la mujer triste que te recuerda, la del perro ciego que no es del todo suyo, la que muchas veces no entiende por qué es que toca levantarse. Salgo poco al parque y ya no me antojo de algodón de azúcar. Mi nombre es igualito al tuyo, con una “a” de más; mi firma es un garabato que hace mucho me enseñaste en una de esas tardes en que dibujabas caras y veíamos gente pasar…

Manuela González

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