Mi trabajo

Levanto la vista y los veo acercarse
por la playa. El hombre joven
lleva al bebé en una mochila.
Esto le permite tener las manos libres,
así puede darle una a su mujer
y balancear la otra. Cualquiera se daría cuenta
de lo felices que son. Y la intimidad. Cuánta armonía.
Son más felices que nadie, y lo saben.
Se sienten agradecidos por ello, son humildes.
Caminan hasta el final de la playa
y desaparecen de mi vista. Eso es, me digo,
y vuelvo a esto que rige
mi vida. Pero a los pocos minutos

vuelven caminando por la playa.
Lo único distinto
es que se han cambiado de posición.
Ahora él va al otro lado de ella,
junto al océano. Ella, de este lado.
Pero todavía van de la mano. Parecen incluso
más enamorados, si es posible. Y lo es.
Yo mismo paseé por ahí muchas veces.
El suyo es un paseo modesto, quince minutos
de ida y quince de vuelta.
Han tenido que sortear a su paso
alguna roca y rodear enormes troncos,
moverse con rapidez cuando se acercaban con fuerza las olas.

Caminan tranquilamente, despacio, de la mano.
Saben que el agua es imprevisible,
pero son tan felices que la ignoran.
El amor en sus rostros jóvenes. Su encuadre.
Puede que dure siempre. Si tienen suerte,
si son buenos y se mantienen atentos. Y prudentes. Si siguen
amándose sin límite alguno.
Si son sinceros el uno con el otro, eso sobre todo.
Seguro que lo serán, desde luego, seguro que sí,
ellos saben que sí.
Vuelvo a mi trabajo. Mi trabajo vuelve a mí.
Se alza una brisa del agua.

Raymond Carver

Un poema documental

El arte documental es mezquino,
no quiero ningún arte documental.
Cuando el helicóptero voló y nos llevó desde el techo
de nuestra casa
ni siquiera pudimos tomar los zapatos.
Mis hijos estaban descalzos en el aeropuerto
y vino un bastardo
fotógrafo moderno
que comenzó a sacarles fotos.
Mi esposa me preguntó qué estaba haciendo.
Le duele.
Subí y pregunté ¿qué estás haciendo, bastardo?
¿Por qué fotografías a mis hijos descalzos?
Él respondió: esto es importante:
mostrar la miseria
para que el mundo sepa y bla bla bla,
dije, ok, bastardo,
no quiero que muestres mi sufrimiento.
Cómo se puso de nervioso este fotógrafo.
Comenzó a explicarme
qué es el arte documental.
Le digo que lo perdí todo.
Los rebeldes prendieron fuego a mi casa.
Ni siquiera tenemos pasaportes
y ¿cómo es que llamas al arte?
Borra todo lo que me quitaste
y no te acerques.
No muestres que sufro,
es solo un asunto de autoestima
y especialmente de no tolerar
para que otros lo demuestren.
Fuimos al norte,
al pueblo natal de la madre.
Encontré allí un vecino que me recordaba.
Me preguntaron en la oficina de pasaportes
¿Juras que así te llamas?
Le preguntaron a la madre ¿juras que este es tu hijo?
Le pidieron al vecino que confirmara esto.
Entonces firme aquí.
Y entonces me dieron un pasaporte.
Desde entonces realmente he amado a mi país.
Por conseguir un pasaporte.
Volé inmediatamente de regreso
porque ¿qué más es la vida
sino nada especial sobre ella?

María Malinovscaya
Traducción Jamila Medina y Aleksander Anufriev