Jorge Galán

Bajo los parpados

El rocío se ha congelado sobre los párpados.

El seco panal abandonado se ha vuelto el badajo de una campana
que tañe sobre las tumbas bañadas de musgo.No solo la hierba se quiebra,
también los pies que caminan sobre ella.

El frío es hoy un cuello erguido.
Su mentón lo sostiene el orgullo.
La lejanía es un acantilado donde el cielo se arroja a cada instante.
Los edificios son hombres que no muestran el rostro.

Es aún muy temprano en la mañana,
la luz parece bajar de las montañas como una extraña niebla transparente.
¿Qué veo cuando veo el amanecer?
¿Si quiero tocar el día, qué debería de tocar? ¿Con qué mano?

Como unos ojos nuevos, el rocío me muestra lo efímero
convertido en lo duradero:
la superficie del viento que se convierte en la profundidad del abismo,
la semilla insignificante que se convierte en cosecha,
el breve pasillo entre los árboles que se convierte en el inicio
de un camino que ha de rodear al mundo.

Alguien que llegó de repente me dice que no recuerda mi nombre
y yo tampoco podría recordar el suyo.

Ayer vi una a una mujer que había amado y no podía recordar este amor.
Me he vuelto viejo como un jardín que a nadie asombra,
la canción que ayer me emocionaba no consigue volver a emocionarme,
el asombro es una delicia que no baja a mi lengua.

El rocío ha besado mis ojos con su mínima boca hasta extinguirlos.
Ya no veo: presiento.
Mi cuerpo se cae como una capa derruida
y deja mi alma desnuda
y un alma no puede volverse para mirar a nadie, a nada.

¿A dónde debería llegar en mi paseo?
¿Por qué estoy paseando? ¿Hace cuánto lo hago? ¿Acaso fue una invitación?
Y si lo fue ¿por qué camino solo?

Como un hombre está hecho de sus tantas historias,
soy aquello que olvido.

Casi me he abandonado.
Esta lluvia, lo sé, son muchos llantos.

Hay algo emocionante y hermoso que se aloja en mi boca:
viene de mi garganta
o más allá, no sé de dónde más allá.

El rocío se ha congelado sobre mis párpados.

Atrás de mí no sé qué es lo que escucho: si el lamento del viento
o el lamento del mar.

Quizá todo es lo mismo.
Quizá solo por hoy todo es lo mismo,
y aquello que he creído haber vivido, solo está por llegar.

Jorge Galán
*
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Las palabras exactas

Diez millones de puertas acaban de cerrarse. Un millón de palabras
se acaban de decir. Un millón. Una sola.
El mundo se mueve, los ríos entran en la garganta de leones y antílopes,
el árbol crece, se reduce el anciano, la sangre se abre paso
a través de una piel joven, hogueras enormes se encienden en el este,
se inclinan los árboles por el peso de la nieve en el norte,
las focas avanzan como astillas que penetran la espalda de las aguas glaciales,
un hombre se arrodilla y utiliza palabras temblorosas
para decir una oración, nadie le escucha, él mismo no comprende lo dicho.
Todo avanza. Los días se repiten como el estribillo de una canción
y lo que cuenta ya ha sido contado antes.
El pasado dio un paso y me alcanzó.
La antigua constelación ha llegado por fin a la pupila del astrónomo.
Y aunque todo lo que partió de mí ha regresado a mí de muchas formas distintas,
nada puede explicarme ese rumor que avanza en lo subterráneo
como una colonia de hormigas que crece a través de lo que devora.
Nadie puede explicarme tampoco este instante más grande
ni puede darle un nombre a esta escena de siluetas que crecen sobre el polvo.
Esta noche la brisa en mi cabello también es un fantasma que me cuenta una historia
que no quiero escuchar: la de esos bellos muertos que también son mis muertos,
las siluetas atrás tiradas como arbustos en la niebla nocturna.
Un millón de ventanas acaban de cerrarse y otro millón de abrirse.
Sobre esta calle larga camino. Nada existe
de lo que me rodea. El mundo es una sombra que envuelve mi cabeza.

Jorge Galán

*