Gustavo Ibarra Merlano

En Delfos

Cuando iba a publicar -ya encanecido-
un libro de poemas,
temí que no juera el fruto sazonado de alguna
porción todavía verde de mi alma
sino un episodio delirante
de la insania senil,
que es el modo como la vejez
manifiesta delirantemente su juventud.
Y sin animarme a publicarlo.
me dirigí con el librillo bajo el brazo en busca,
del augurio sulfurado de la Pitia.
Y ella profirió estas palabras:
“Hay en las bibliotecas de Alejandría decenas
de poetas inmortalizables
que yacen en rodillos envejecidos.
Tal vez algunos de ellos ya fueron inmortales
aunque no puedo recordarlos,
pues sólo tengo memoria de las cosas futuras,
que es la única saludable,
pues el recuerdo de las cosas
pasadas pertenece al dominio de la muerte.
Otros alteemos poetas
esperan tumo para ingresar
al espantoso y turbio
piélago de la perduración.
A las aguas envilecidas de la fama
donde es probable que sólo sean recordados con exactitud
por la misérrima población de los eruditos,
en cuyas frías bodegas
predomina la memoria funesta
de lo pasado sobre el sentimiento y el intelecto.
Al llegarles su tumo.
esos propincuos inmortales
desplazarán una cantidad
equivalente de poetas
que estaban disfrutando de la inmortalidad represada
que el azar les había asignado
en forma demorada, aunque no sin alguna
justificada razón, la mayoría de las veces.
Ellos recibirán su moira de olvido, descansado de la fama
que los afligía
y como una respuesta benigna
a su insistente petición
de que se les liberará
del castigo de la inmortalidad”.
Y concluyó la Pitia
con voz afligida
por los vapores inerrantes:
“El olvido es el riesgo del poeta
pero la memoria es a veces peor”
Guarda -dijo- este último
golpe de viento delirante.
Pues mis próximas palabras
no las entenderán ni los inmortales.
“No es necesario -ni siquiera conveniente-
que todos los poetas
que lo merezcan
pasen a la historia.
Lo importante
es que la historia
pase a través de ellos”
Y entró en tormentoso trance,
profiriendo las palabras del vaticinio
con rugidos incoherentes.

Gustavo Ibarra Merlano

Gustavo Ibarra Merlano

Cartagena, 1919-Bogotá, 2002. Abogado, catedrático de griego y de éstetica cinematografica, fue un viajero incansable, traductor del griego y un cristiano verdadero.

Entre sus traducciones más conocidas están los poemas de Klety Sotiriadou, quien a su vez es la traductora al griego de Gabriel García Marquez.

Inició sus trabajos literarios a finales de los años 40 en periódicos de Cartagena animados por Eduardo Lemaitre y Manuel Clemente Zabala.

Escribió ensayos sobre el lenguaje cinematografico y sobre varios directores, entre ellos: Joseph Losey, Federico Fellini, Ingmar Bergman, Luchino Visconti, Michelangelo Antonio-ni, Alfred Hitchcock y Luis Buñuel.

Su obra es breve y publicada tardíamente. Solo cuatro libros de poesía: Hojas de tarja, 1983; Los días navegados, 1983; Ordalías, 1995 y Poemas para un libro sin tiempo, 2001.

En 2002, apareció póstumamente su Antología poética, 1945-2001, que incluyó poemas inéditos.

Biografia: Poetas Colombianos, editorial La otra y Universidad Nacional Autonoma de Nuevo León.