Alastair Reid

La curiosidad

Pudo haber matado al gato. O probablemente
no tuvo suerte el gato o tal vez sintió curiosidad
por ver cómo era la muerte, no encontrando razón
para seguir lamiéndose las patas o criando
camadas y camadas de gatitos. Como era de esperar.

No obstante, la curiosidad
es peligrosa. Desconfiar siempre
de lo aceptado, de las apariencias,
hacer preguntas raras, incumplir los sueños,
ser suspicaz, abandonar el hogar o tener premoniciones
no hace precisamente amados a los gatos
en esos pequeños círculos de perros
donde cestas perfumadas,
señoras como toca y ricos almuerzos
constituyen el orden de la vida, y donde prevalece
un meneo de colas y cabezas nada curiosas.
Acéptalo. La curiosidad
no nos mata —carecer de ella sí.
Nos aniquilaría
no querer ver jamás
el otro lado de la colina
o aquel país de ensueño
donde vivir sería un idilio
(aunque en realidad un infierno).
Sólo el curioso tiene,
si sobrevive, un cuento que vale la pena contar.

Los perros dicen que los gatos aman demasiado,
que son irresponsables, peligrosos, que se casan en exceso,
que abandonan a los niños y enfrían las sobremesas
con el cuento de sus siete vidas.

Bueno, tienen suerte. Déjalos ser
siete veces vividos, contradictorios,
lo bastante curiosos para cambiar, dispuestos
a pagar el precio gato, que es morir
y morir, una y otra vez,
cada vez con el mismo dolor.
Sólo la minoría gatuna de uno
puede decirnos la verdad;
y lo que tienen que decirnos los gatos
tras cada regreso del infierno
es esto: que morir es lo que hacen los vivos,
que morir es lo que hacen los amantes,
y que son perros muertos los que no saben
que morir es lo que, para vivir, cada uno de nosotros
tiene que hacer.

Alastair Reid

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