pluma

RESEÑA DE UN POEMA NO ESCRITO

EN LAS PRIMERAS PALABRAS DEL POEMA
la autora afirma que la Tierra es pequeña,
el cielo, en cambio, grande hasta la exageración,
y las estrella, cito: “más de las necesarias”.

En la descripción del cielo se advierte una cierta impotencia,
la autora se pierde en una terrible extensión,
la impacta lo desolado de muchos planetas
y pronto en su pensamiento (agreguemos: no exacto)
empieza a surgir una duda,
quizá al final no estemos solos
bajo el sol, bajo todos los soles del mundo.

¡En contra del cálculo de probabilidades!
¡Y de la convicción hoy generalizada!
¡A pesar de las pruebas irrefutables que cualquier día
pueden caer en manos del hombre! ¡Ay, la poesía!

Mientras tanto nuestra profetisa vuelve a la Tierra,
planeta que gira “a puerta cerrada”,
única “ciencia ficción de que es capaz el cosmos”.
La desesperación de Pascal (1623-1662, la nota es nuestra),
considera la autora, no tiene paralelo,
ni siquiera en Andrómeda o en Casiopea.
La exclusividad agiganta y obliga,
surge entonces el problema de cómo vivir et caetera,
pues “el vacío no lo resolverá por nosotros”.
“Dios mío, clama el hombre hacia Sí Mismo,
ten piedad de mí, ilumíname”…

A la autora le angustia pensar en una vida derrochada a la ligera
–como si de vida hubiera reservas sin fondo.
En guerras que –según su polémica opinión–
pierden siempre ambos bandos.
En el “estado ensañamiento” (sic) de la gente con la gente.
A través del poema se trasluce una intención moral
que una pluma menos ingenua haría resplandecer.

Desafortunadamente esta arriesgada tesis
(quizá al final no estemos solos
bajo el sol, bajo todos los soles del mundo)
y su desarrollo en un estilo nada riguroso
(mezcla de solemnidad y lenguaje cotidiano)
plantean una pregunta: quién va a creer en esto?
Evidentemente nadie. ¡Pues claro!

Wislawa Szymborska

Del libro, “El gran múmero” (1976)
Traducción de Gerardo Beltrán

*

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Mamá, soy Paquito

Cubierto de jiras,
al ábrego hirsutas
al par que las mechas
crecidas y rubias,
el pobre chiquillo
se postra en la tumba,
y en voz de sollozos
revienta y murmura:

“Mamá, soy Paquito;
no haré travesuras.”

Y un cielo impasible
despliega su curva.

“¡Qué bien que me acuerdo!
¡La tarde de lluvia;
las velas grandotas
que olían a curas;
y tú en aquel catre
tan tiesa, tan muda,
tan fría, tan seria,
y así tan rechula!
Mamá, soy Paquito;
no haré travesuras.”

Y un cielo impasible
despliega su curva.

“Buscando comida,
revuelvo basura.
Si pido limosna,
la gente me insulta,
me agarra la oreja,
me dice granuja,
y escapo con miedo
de que haya denuncia.
Mamá, soy Paquito;
no haré travesuras.”

Y un cielo impasible
despliega su curva.

“Los otros muchachos
se ríen, se burlan,
se meten conmigo,
y a poco me acusan
de pleito al gendarme
que viene a la bulla;
y todo, porque ando
con tiras y sucias.
Mamá, soy Paquito;
no haré travesuras.”

Y un cielo impasible
despliega su curva.

“Me acuesto en rincones
solito y a obscuras.
De noche, ya sabes,
los ruidos me asustan.
Los perros divisan
espantos y aúllan.
Las ratas me muerden,
las piedras me punzan…
Mamá, soy Paquito;
no haré travesuras.”

Y un cielo impasible
despliega su curva.

“Papá no me quiere.
Está donde juzga
y riñe a los hombres
que tienen la culpa.
Si voy a buscarlo,
él bota la pluma,
se pone muy bravo,
me ofrece una tunda.
Mamá, soy Paquito;
no haré travesuras.”

Y un cielo impasible
despliega su curva.

Salvador Díaz Mirón

*

Poesía

Eres la compañía con quien hablo
de pronto, a solas.
Te forman las palabras
que salen del silencio
y del tanque del sueño en que me ahogo
libre hasta despertar.

Tu mano metálica
endurece la prisa de mi mano
y conduce la pluma
que traza en el papel su litoral.

Tu voz, hoz de eco,
es el rebote de mi voz en el muro,
y en tu piel de espejo
me estoy mirando mirarme por mil Argos
por mí largos segundos.

Pero el menor ruido te ahuyenta
y te veo salir
por la puerta del libro
o por el atlas del techo,
por el tablero del piso,
o la página del espejo,
y me dejas
sin más pulso ni voz y sin más cara,
sin máscara como un hombre desnudo
en medio de una calle de miradas.

Xavier Villaurrutia

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