muerte

Jugando a las escondidas

                             “Tengo que pensar que todo lo que me sucede es mi vida”
                                                                                                          Mónica Viti

 

Al comienzo la llorarán mucho.
Habrá novena, misas cantadas
con diáconos y cuatro curas.
El luto adornará a los parientes
que entre lágrimas verán su vida como una hazaña.
Será gran señora, incomparable esposa,
dilecta amiga, pozo de gracia,
de virtudes y dones.
El vacío que dejará en la sociedad
no podrá llenarse aunque lo intenten.
Se conservarán igual que reliquias
cadejos de pelo.
Y hasta habrá manos
que echen de menos otras manos.
Con los años será la abuela
que hay que pasar a un osario
y luego la foto en cualquier rincón de la casa
que nadie sino de lejos sabe
a quien retrata. Finalmente nada.

María Mercedes Carranza

*

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Sobre la muerte sin exagerar

No entiende de bromas,
de estrellas, de puentes,
de tejer, de minería, de cultivar la tierra,
de construir buques, de hacer pasteles.

En nuestras conversaciones sobre los planes de futuro
mete su última palabra,
fuera de lugar.

No sabe ni de aquello
directamente relacionado con su profesión:
ni cavar una tumba,
ni improvisar un ataúd,
ni recogerlo todo después de trabajar.

Ocupada en matar,
lo hace torpemente,
sin sistema, sin habilidad.
Como sin con cada uno de nosotros apenas si empezara a aprender.

De acuerdo, tiene éxitos,
pero ¡cuántos fracasos,
cuántos golpes fallidos
y cuántos nuevos intentos!
A veces le faltan las fuerzas
para derribar una mosca en el aire.
Con más de una oruga
pierde la carrera de arrastrarse.

Todos estos tubérculos, vainas,
tentáculos, aletas, tráqueas,
plumas de celo y pelo de invierno
dan fe de los atrasos
en su desganado trabajo.

No bastan las malas intenciones,
e incluso nuestra ayuda con guerras y revueltas
es, por ahora, insuficiente.

Los corazones golpean en los huevos.
Crecen los esqueletos de los bebés.
Las semillas consiguen sus dos primeras hojas,
y con frecuencia llegan a ser incluso altos árboles en el horizonte.

El que afirma que es omnipotente
es una viva muestra
de que no es omnipotente.

No hay vida
que no sea, aunque sólo un instante,
inmortal.

La muerte
siempre llega ese instante más tarde.
En vano sacude el picaporte
de una invisible puerta.
Lo que alguien haya logrado,
eso, ya no se lo puede quitar.

Wislawa Szymborska

Del libro, Gente en el puente (1986)
Traducción, Abel A. Murcia

*

VISTO DESDE ARRIBA

EN EL SENDERO YACE UN ESCARABAJO MUERTO.
Dobló cuidadosamente tres pares de patitas sobre el abdomen.
En lugar del desorden de la muerte: elegancia y orden.
El horror de esta imagen es moderado,
su alcance estrictamente local: de la grama a la menta.
La tristeza no se contagia.
El cielo es azul.

Para tranquilidad nuestra, los animales tienen aparentemente una muerte
más superficial, no fallecen, simplemente mueren,
perdiendo –así queremos creerlo— menos conciencia y menos mundo,
abandonando –así nos parece— un escenario menos trágico.
Sus pequeñas y humildes almas no nos espantan por la noche,
guardan las distancias,
saben qué son las mores.

Y así este escarabajo muerto en el camino,
en un estado para no echarse a llorar, reluce al sol.
Basta tanto pensar en él como verlo:
parece que no le haya pasado nada importante.
Lo importante está relacionado supuestamente con nosotros.
Por la vida, sólo la nuestra, sólo nuestra muerte,
una muerte que goza de una preferencia arrebatada.

Wislawa Szymborska

Del libro, “El gran número (1976)
Traducción, Abel A. Murcia