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Mis diez mandamientos

Uno. Procura pertenecer a quienes suelen estar despiertos durante las madrugadas, bien sea porque trasnocharon voluntariamente, tienen insomnio o se levantaron muy temprano. Es un rasgo propio de las personas interesantes.

Dos. Ten, alguna vez, un amor apacible y un amor imposible. Si acaso ambos ocurren con una misma persona, mejor.

Tres. Escoge un motivo por el cual, sin dudarlo, darías tu vida. Si alguna vez éste se presenta e incumples, que a tus restos ni siquiera acudan los gusanos por su tardía merienda.

Cuatro. Trata a tu enemigo como tal, pero jamás olvides que apenas un espejo los separa.

Cinco. Si vas actuar en desacuerdo con tus años, procura que tu caso sea el de alguien que se comporta como si fuera mayor de lo que es. Eso restringe bastante tus momentos de cursilería.

Seis. Recuerda siempre esta máxima atribuida a Paracelso: “Todo es veneno, la diferencia está en la dosis”.

Siete. Busca poesía en las tapas de gaseosa, el color vino tinto, la música de organera y los parásitos intestinales. Solo así podrás conquistarla en ocasos sobre el mar y fruslerías similares.

Ocho. Evita la cárcel y el hospital.

Nueve. Tarde o temprano tendrás tu gran derrota, tu peligrosa ira, tu terca envidia y tu imperdonable traición. De lo que hayas hecho con todas ellas depende cuanto valió vivir tu vida.

Diez. Cultiva el sentido del humor. Aléjate de quienes no lo tienen.

Antonio García Ángel

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Te quiero a las diez de la mañana

Te quiero a las diez de la mañana, y a las once, y a las doce del día. Te quiero con toda mi alma y con todo mi cuerpo, a veces, en las tardes de lluvia. Pero a las dos de la tarde, o a las tres, cuando me pongo a pensar en nosotros dos, y tú piensas en la comida o en el trabajo diario, o en las diversiones que no tienes, me pongo a odiarte sordamente, con la mitad del odio que guardo para mí.

Luego vuelvo a quererte, cuando nos acostamos y siento que estás hecha para mí, que de algún modo me lo dicen tu rodilla y tu vientre, que mis manos me convencen de ello, y que no hay otro lugar en donde yo me venga, a donde yo vaya, mejor que tu cuerpo. Tú vienes toda entera a mi encuentro, y los dos desaparecemos un instante, nos metemos en la boca de Dios, hasta que yo te digo que tengo hambre o sueño.

Todos los días te quiero y te odio irremediablemente. Y hay días también, hay horas, en que no te conozco, en que me eres ajena como la mujer de otro. Me preocupan los hombres, me preocupo yo, me distraen mis penas. Es probable que no piense en ti durante mucho tiempo. Ya ves. ¿Quién podría quererte menos que yo, amor mío?

Jaime Sabines

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