calle

REUNIÓN

el amor del hueso
por la tierra que lo descompuso, eso
es lo que permanece.
y recuerdo estar sentado en la hierba
con el muchacho negro,
estuvimos dibujando bocetos de las partes altas de las casas y él dijo,
te estas dejando algunas sin dibujar,
estás haciendo trampas
y crucé la calle
en dirección al bar
y
entonces entró él
-tienes que volver a clase
a las 2, me dijo,
y después se marchó

la clase es lo de menos, pensé,
da igual lo que nos digan.
y si soy una mosca* nunca sabré
lo que es un león

estuve sentado allí hasta las 4:30
y cuando salí,
allí estaba él
a Mr. Hutchins le gustó
mi dibujo, me lo dijo

de eso hace más de 20 años

creo
que lo vi la otra noche

era poli en la cárcel de la ciudad
y me dio un empujón
al entrar en la celda

me cuentan
que ya no pinta
más.

Charles Bukowski

Del libro, Madrigales de la pensión
edición de J.M. Moreno Carrascal

*Mosca: en este caso se hace referencia a una persona que siempre está bebiendo en el bar.

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Las palabras exactas

Diez millones de puertas acaban de cerrarse. Un millón de palabras
se acaban de decir. Un millón. Una sola.
El mundo se mueve, los ríos entran en la garganta de leones y antílopes,
el árbol crece, se reduce el anciano, la sangre se abre paso
a través de una piel joven, hogueras enormes se encienden en el este,
se inclinan los árboles por el peso de la nieve en el norte,
las focas avanzan como astillas que penetran la espalda de las aguas glaciales,
un hombre se arrodilla y utiliza palabras temblorosas
para decir una oración, nadie le escucha, él mismo no comprende lo dicho.
Todo avanza. Los días se repiten como el estribillo de una canción
y lo que cuenta ya ha sido contado antes.
El pasado dio un paso y me alcanzó.
La antigua constelación ha llegado por fin a la pupila del astrónomo.
Y aunque todo lo que partió de mí ha regresado a mí de muchas formas distintas,
nada puede explicarme ese rumor que avanza en lo subterráneo
como una colonia de hormigas que crece a través de lo que devora.
Nadie puede explicarme tampoco este instante más grande
ni puede darle un nombre a esta escena de siluetas que crecen sobre el polvo.
Esta noche la brisa en mi cabello también es un fantasma que me cuenta una historia
que no quiero escuchar: la de esos bellos muertos que también son mis muertos,
las siluetas atrás tiradas como arbustos en la niebla nocturna.
Un millón de ventanas acaban de cerrarse y otro millón de abrirse.
Sobre esta calle larga camino. Nada existe
de lo que me rodea. El mundo es una sombra que envuelve mi cabeza.

Jorge Galán

*

Poema de el digno (No more Mr. Nice Guy Poetry Series)

He estado muy digno: Me he calzado las gafas de sol.
Me he levantado de la mesa (todo ello sin perder ápice de dignidad).
En silencio he pagado la cuenta de ambos (último e inequívoco signo de dignidad).

Ni una sola pregunta escabrosa.
Ninguna queja. Reproche ninguno.
Tan solo un imperceptible asentir de cabeza
y unas pocas palabras conciliadoras como soñadas.
La situación: violenta. Yo: digno.

Caso de que alguien nos hubiera prestado atención
habría pensado para sí: “Ahí le tenemos: La viva imagen de la dignidad”.
Y habría pensado bien: Una actuación más digna no cabe imaginarla.

Hemos salido a la calle.
Las gafas de sol siempre me han caído
de un modo que solo se me ocurre definir como
digno. El beso en la mejilla, ese mi último beso, ha sido tremendo:
[Baste decir que ha estado a la altura de mi despliegue de dignidad precedente.]

A través de las gafas de sol
justo antes de volverme, de comenzar a caminar
he creído percibir acuosidad en sus ojos. Mas podría haberme fijado mal] tan absorto estaba en mi despliegue de compostura; mejor:
De dignidad. Más si se ha visto conmovida por mi actuación
no cabría reprochárselo: Tal era mi dignidad.

Un se acabó así, educado, civilizado
merece una respuesta así: digna, civilizada.
Por Dios ¿No somos acaso gente civilizada?

Si: Civilizados. Fríos como comadrejas.
Con avaricia de viejo podrido guarnámoslos reproches
que piden ser chillados y que a cambio acallamos con implacabilidad carcelaria]
Denegamos al cuello ajeno el apretón mortal que pide y merece.
Al propio, el brazo de la soga que solicita se la llene.

Sí: tan dignos y civilizados
que ni siquiera esos últimos pensamientos compartimos
terminando siempre solos.

Sin apenas mediar palabra
nos volvemos y muy lentamente echamos a andar
en única compañía de unas gafas de sol de dos pies
de cargamentos enteros de dignidad
que amenazan ya con quebrar los hombros.

Sergi Puertas

*