alma

Bajo los parpados

El rocío se ha congelado sobre los párpados.

El seco panal abandonado se ha vuelto el badajo de una campana
que tañe sobre las tumbas bañadas de musgo.No solo la hierba se quiebra,
también los pies que caminan sobre ella.

El frío es hoy un cuello erguido.
Su mentón lo sostiene el orgullo.
La lejanía es un acantilado donde el cielo se arroja a cada instante.
Los edificios son hombres que no muestran el rostro.

Es aún muy temprano en la mañana,
la luz parece bajar de las montañas como una extraña niebla transparente.
¿Qué veo cuando veo el amanecer?
¿Si quiero tocar el día, qué debería de tocar? ¿Con qué mano?

Como unos ojos nuevos, el rocío me muestra lo efímero
convertido en lo duradero:
la superficie del viento que se convierte en la profundidad del abismo,
la semilla insignificante que se convierte en cosecha,
el breve pasillo entre los árboles que se convierte en el inicio
de un camino que ha de rodear al mundo.

Alguien que llegó de repente me dice que no recuerda mi nombre
y yo tampoco podría recordar el suyo.

Ayer vi una a una mujer que había amado y no podía recordar este amor.
Me he vuelto viejo como un jardín que a nadie asombra,
la canción que ayer me emocionaba no consigue volver a emocionarme,
el asombro es una delicia que no baja a mi lengua.

El rocío ha besado mis ojos con su mínima boca hasta extinguirlos.
Ya no veo: presiento.
Mi cuerpo se cae como una capa derruida
y deja mi alma desnuda
y un alma no puede volverse para mirar a nadie, a nada.

¿A dónde debería llegar en mi paseo?
¿Por qué estoy paseando? ¿Hace cuánto lo hago? ¿Acaso fue una invitación?
Y si lo fue ¿por qué camino solo?

Como un hombre está hecho de sus tantas historias,
soy aquello que olvido.

Casi me he abandonado.
Esta lluvia, lo sé, son muchos llantos.

Hay algo emocionante y hermoso que se aloja en mi boca:
viene de mi garganta
o más allá, no sé de dónde más allá.

El rocío se ha congelado sobre mis párpados.

Atrás de mí no sé qué es lo que escucho: si el lamento del viento
o el lamento del mar.

Quizá todo es lo mismo.
Quizá solo por hoy todo es lo mismo,
y aquello que he creído haber vivido, solo está por llegar.

Jorge Galán
*
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Amémonos

Buscaba mi alma con afán tu alma,
buscaba yo la virgen que mi frente
tocaba con su labio dulcemente
en el febril insomnio del amor.

Buscaba la mujer pálida y bella
que en sueño me visita desde niño,
para partir con ella mi cariño,
para partir con ella mi dolor.

Como en la sacra soledad del templo
sin ver a Dios se siente su presencia,
yo presentí en el mundo tu existencia,
y, como a Dios, sin verte, te adoré.

Y demandando sin cesar al cielo
la dulce compañera de mi suerte,
muy lejos yo de ti, sin conocerte
en la ara de mi amor te levanté.

No preguntaba ni sabía tu nombre,
¿En dónde iba a encontrarte? Lo ignoraba;
pero tu imagen dentro el alma estaba,
más bien presentimiento que ilusión.

Y apenas te miré… tú eras ángel
compañero ideal de mi desvelo,
la casta virgen de mirar de cielo
y de la frente pálida de amor.

Y a la primera vez que nuestros ojos
sus miradas magnéticas cruzaron,
sin buscarse, las manos se encontraron
y nos dijimos “te amo” sin hablar.

Un sonrojo purísimo en tu frente,
algo de palidez sobre la mía,
y una sonrisa que hasta Dios subía…
así nos comprendimos… nada más.

¡Amémonos, mi bien! En este mundo
donde lágrimas tantas se derraman,
las que vierten quizá los que se aman
tienen yo no sé qué de bendición.

Dos corazones en dichoso vuelo;
¡Amémonos, mi bien! Tiendan sus alas
amar es ver el entreabierto cielo
y levantar el alma en asunción.

Amar es empapar el pensamiento
en la fragancia del Edén perdido,
amar es… amar es llevar herido
con un dardo celeste el corazón.

Es tocar los dinteles de la gloria,
es ver tus ojos, escuchar tu acento,
en el alma sentir el firmamento
y morir a tus pies de adoración.

Manuel María Flores

*

Proverbios de los charlatanes

Cuando un desconocido se encuentra con otro desconocido, o lo mata o le pregunta algo.
Los charlatanes pueden alargar indeterminadamente la conversación, a fin de prolongar con ella la vida,
pues la defensa se permite… a quien puede defenderse.
Pero jamás huir. ¿Por qué hay que estar siempre huyendo?
Si el lobo os alcanza y os devora, saboread al lobo pero no huyáis.
Que vuestro placer de ser comidos sea más grande que el del lobo.
Esto no por razones apoyadas en la lógica, pues lo que hay que buscar no son razones sino motivos,
y en este caso no hay que dudar de que el lobo tendrá sus buenos motivos.
Contra la Muerte no cabe nada, ni siquiera disfrazarse:
No por estar pintado el Faraón la Muerte no se lo va a comer.
Tampoco la negación anula la Muerte. Yo afirmo la Muerte con mis doce pares de costillas.
De modo que no queda más que prolongar la conversación ininterrumpidamente.
Tal vez el interlocutor termine por cansarse y continuar su camino,
aunque es también muy probable que su resistencia no tenga límite conocido, y decida esperar a que cerremos el pico.
En ese preciso momento descargará su pistola, desapareciendo luego tan repentinamente como llegó,
porque después de haber hablado la pistola ya no hay nada más qué decir.
Lo malo es que no podemos devolvernos, porque cuantas veces desandemos un camino habremos perdido otros tantos días.
El enfrentamiento está, pues, decidido, y tú sabes que no hay posibilidad alguna para ti.
Sólo hablar, hablar, hablar.
Conserva tu puesto hasta el final y alega todo lo que puedas.
Quizás logres confundirlo y hacerlo caer en contradicción.
Sin embargo debes mantener la serenidad y no buscarle seis patas al gato, que no tiene sino cinco,
ni subir demasiado alto porque te pierdes de vista.
Siempre en tu lugar. Tu lugar son las fauces del lobo.
Ni acuses a un solo hombre, porque éste te matará o te hará matar.
Acusa a toda la humanidad.
Así te matarán entre todos.
Y los charlatanes después de haber enredado todos los conocimientos se fueron abrazados y riéndose.
Porque ellos mismos habían caído en la trampa.
La trampa eran ellos mismos.

Mi alma dice:
No son las ovejas las que buscan al Señor.
Es Él el que se preocupa por ellas.
Porque si no se preocupa, ellas se convierten en lobos.
Y los noventa y nueve lobos devorarán a la oveja restante.
Y los noventa y nueve justos devorarán a la oveja restante,
según otra versión.

Jaime Jaramillo Escobar

*