Proverbios de los charlatanes

Cuando un desconocido se encuentra con otro desconocido, o lo mata o le pregunta algo.
Los charlatanes pueden alargar indeterminadamente la conversación, a fin de prolongar con ella la vida,
pues la defensa se permite… a quien puede defenderse.
Pero jamás huir. ¿Por qué hay que estar siempre huyendo?
Si el lobo os alcanza y os devora, saboread al lobo pero no huyáis.
Que vuestro placer de ser comidos sea más grande que el del lobo.
Esto no por razones apoyadas en la lógica, pues lo que hay que buscar no son razones sino motivos,
y en este caso no hay que dudar de que el lobo tendrá sus buenos motivos.
Contra la Muerte no cabe nada, ni siquiera disfrazarse:
No por estar pintado el Faraón la Muerte no se lo va a comer.
Tampoco la negación anula la Muerte. Yo afirmo la Muerte con mis doce pares de costillas.
De modo que no queda más que prolongar la conversación ininterrumpidamente.
Tal vez el interlocutor termine por cansarse y continuar su camino,
aunque es también muy probable que su resistencia no tenga límite conocido, y decida esperar a que cerremos el pico.
En ese preciso momento descargará su pistola, desapareciendo luego tan repentinamente como llegó,
porque después de haber hablado la pistola ya no hay nada más qué decir.
Lo malo es que no podemos devolvernos, porque cuantas veces desandemos un camino habremos perdido otros tantos días.
El enfrentamiento está, pues, decidido, y tú sabes que no hay posibilidad alguna para ti.
Sólo hablar, hablar, hablar.
Conserva tu puesto hasta el final y alega todo lo que puedas.
Quizás logres confundirlo y hacerlo caer en contradicción.
Sin embargo debes mantener la serenidad y no buscarle seis patas al gato, que no tiene sino cinco,
ni subir demasiado alto porque te pierdes de vista.
Siempre en tu lugar. Tu lugar son las fauces del lobo.
Ni acuses a un solo hombre, porque éste te matará o te hará matar.
Acusa a toda la humanidad.
Así te matarán entre todos.
Y los charlatanes después de haber enredado todos los conocimientos se fueron abrazados y riéndose.
Porque ellos mismos habían caído en la trampa.
La trampa eran ellos mismos.

Mi alma dice:
No son las ovejas las que buscan al Señor.
Es Él el que se preocupa por ellas.
Porque si no se preocupa, ellas se convierten en lobos.
Y los noventa y nueve lobos devorarán a la oveja restante.
Y los noventa y nueve justos devorarán a la oveja restante,
según otra versión.

Jaime Jaramillo Escobar

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