Suelo

De niño
mi habitación tenía moqueta.
A mí me gustaba, la moqueta.
Un buen día a los viejos
les dieron los cinco minutos de la reforma.
Dijeron: Vamos a quitar esta moqueta.
Yo vivo aquí. Es mi moqueta, protesté yo.
Tu opinión no cuenta, zanjaron ellos.

Dado que como buen neurótico infantil
no soportaba aquel suelo pelado
terminé un día comprando
por mi cuenta y a escondidas
una alfombra enorme
que procedí a extender por mi cuarto
cuando nadie miraba.

¿Qué demonios es esto?, se sorprendieron los viejos.
Una alfombra, respondí.
Habrá que ponerla y quitarla y sacudirla
y fregar debajo y de eso ni hablar, decidieron.
Eso no ocurría con la moqueta, de no haberla quitado, observé.
No se hable más, la alfombra va fuera, sentenciaron.
Yo vivo aquí. Es mi alfombra, protesté yo.
Tu opinión no cuenta, zanjaron ellos.

Hoy casi dos decenios después
dispongo de un piso entero a cuyo suelo
administrarle las galas.
Sin embargo, conforme mi neurosis ha ido agravándose
los suelos han dejado de interesarme.
Gentes y entes diversos entran y los pisan a pie lleno.
Hay ceniza por todas partes. A nadie le importa si bebo.
Por lo demás mi opinión sigue sin contar.

Sergi Puertas

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