Despedirme a besos

Ella siempre estaba pensando en el asunto
y era joven y hermosa y
todos mis amigos estaban celosos:
¿qué chingados hacía un puto viejo como yo
con una jovencita como
ella?

ella siempre estaba pensando en
el asunto.

íbamos en coche y
decía: ~¿ves ese
sitio? aparca ahí~.

apenas había aparcado y
ya la tenía ahí abajo.

una vez la llevé a Arizona
y a mitad de camino
a las tantas de la madrugada
tras tomar café y donuts
en un garito abierto toda la noche
se inclinó
y empezó a chupármela
mientras sorteaba las
oscuras curvas por las
colinas bajas
y el que siguiera conduciendo
la inspiró para alcanzar
nuevas cotas.

en otra ocasión
en Los Ángeles
habíamos comprado perritos calientes, cocas
y patatas fritas y nos lo estábamos comiendo en
Griffith Park
con familias
niños jugando
y ella me abrió la bragueta
y empezó a darle.

~¿qué demonios estás haciendo?~,
le pregunté.

luego
cuando le pregunté
a qué venía
delante de todo el mundo,
me dijo que era
peligroso y emocionante
así.

una vez me
preguntó: -¿por qué sigo con un
viejo como
tú?

-¿para poder
mamármela? -respondí.

odio esa expresión! -me
dijo.

-chupármela- le
sugerí.

-¡esa expresión también
la odio! -dijo.

-¿qué prefieres? -le
pregunté.

-me gusta pensar que ~te
despido a besos~ -me
dijo.

-vale- le dije.

* * *

era como cualquier otra
relación, había celos
por ambas partes,
había separaciones y
reconciliaciones.
también había momentos fragmentarios de
inmensa paz y belleza.

a menudo intentaba alejarme de ella y
ella intentaba alejarse de mí
pero era difícil:
Cupido, a su extraña manera, estaba presente
de verdad.

siempre que tenía que salir de la ciudad
me despedía a besos
a base de bien
un par de noches
seguidas
para asegurarse mi
fidelidad.

luego, lo único que tenía que
hacer yo era
preocuparme por
ella.

cuando no me estaba
despidiendo a besos
también encontrábamos tiempo
para hacerlo
de otras maneras bastante
extrañas.

pero todo aquel tiempo con
ella fue
mayormente estar
siendo despedido a
besos o a la
espera de que me despidiera.

nunca pensábamos en
nada más
nunca íbamos al
cine (que detesto,
de todas maneras).
nunca salíamos a
comer.
no nos interesaban
los asuntos
internacionales.
pasábamos el tiempo
aparcados en
lugares retirados o áreas
de picnic o
surcando carreteras
oscuras camino de Nuevo México,
Nevada o Utah.

o
pasábamos en su inmensa cama
de roble
orientada hacia el sur
tan buena parte del tiempo
restante
que memoricé
todos y cada uno de los pliegues de las
cortinas
y especialmente
todas las grietas en el
techo.
acostumbraba a inventar juegos con
ella con aquel techo.

-¿ves esas grietas de
ahí?

-¿dónde?

-mira donde señalo…

-vale.

-ahora, ¿ves esas grietas, ves el
dibujo? forma una imagen. ¿ves lo
que es?

-hmmm, hmmm…

-venga, ¿qué es?

-¡ya lo sé! ¡es un hombre encima de
una mujer!

-no. es un flamenco plantado junto
a un arroyo.

* * *

por fin nos libramos el uno
del otro.
es triste pero es
un procedimiento operativo estándar
(me confunde constantemente
la ausencia de durabilidad en las
relaciones humanas).

supongo que la separación fue
desdichada
incluso desagradable.
ya hace 3 o 4
años
y me pregunto si
alguna vez piensa en
mí, en qué estoy
haciendo.

naturalmente, yo ya sé lo que
está haciendo.

y lo hacía mejor
que nadie
que haya conocido.

y supongo que vale este
poema, quizás.

en caso contrario, entonces al menos una
nota al pie: que semejantes aventuras no
están exentas de alegría y diversión para ambas
partes
y mientras Saigón y los tanques enemigos se
arremolinan en viejos sueños.
mientras perros viejos y enfermizos mueren
al cruzar la carretera
mientras el puente levadizo se levanta para
franquear la salida al mar a
pescadores borrachos
no fue en vano
que
ella estuviera
pensando en el asunto
todo el
rato.

Charles Bukowski.

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