Circunstancial

Mi amigo le tiene miedo a las buenas personas.
Caminando con su perro cojo por la colonia
entre una vía rápida y el muro de piedra seca,
me pregunta: ¿qué es la bondad?
Yo le digo: la bondad, así como bondad, no sé.
¿Conoces gente buena?
Pienso en la gente un instante.
Mi amigo del perro cojo es gente buena
por lastimada pero cómo se lo explico,
la bondad de la víctima y de su víctima es un círculo
o una línea recta o una parábola o un ejemplo:
si me lastimas me podrás salvar sin que te lo pida;
de tiempo está hecho el tiempo, de bondad lo bueno,
de carne la carne o de polvo o de ceniza,
según el dios que comulgue con la pila de huesos
en el valle de los más puros sentimientos.
Los malos mueren por la cabeza,
los buenos por el corazón, sería una fórmula
casi hospitalaria de los actos que nos dividen;
éste es mi cuarto blanco, luminoso, aquí se hace el bien,
caridad, inocencia, humildad, indulgencia,
ya no te oigo, amigo del perro cojo,
¿dónde quedó la música de tus constelaciones?
Antes la cargabas como alma sustituta:
tañías a petición la cuerda con tu dedo largo.
Ya ves cómo deambulan últimamente por este rumbo
–me informaste–
cómo luce a media escala mi estrella,
la punta chueca atorada en la grieta del pavimento.
Ponte la máscara de la bondad un segundo,
dos segundos, me pides,
pero no cabe en mi cara, es más grande la máscara,
el gesto al menos, si retuviera el truco,
sería buena a pesar de los buenos,
qué ingenio, en mi cuarto negrísimo,
en su mesa de centro me coloco de efigie:
hay casi la misma compasión en la culpa
que en ese ritual de bondad que me pide
algún reconocimiento.
Tedi López Mills
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